Una nota curatorial sobre la artista que convirtió repetición, deseo, trauma y desaparición del yo en una de las experiencias visuales más radicales del arte contemporáneo
Yayoi Kusama, una de las figuras decisivas del arte de posguerra y una de las artistas japonesas de mayor proyección internacional, falleció el 14 de agosto de 2026 en un hospital de Tokio, a los 97 años. La noticia fue anunciada oficialmente el 27 de agosto por Yayoi Kusama Inc., su estudio y el Yayoi Kusama Museum. Había nacido el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, prefectura de Nagano, Japón. Según el comunicado oficial, continuó pintando hasta sus últimos días.
Pero hablar de la muerte de Kusama obliga, paradójicamente, a hablar del infinito.
Durante más de siete décadas construyó una obra obsesionada precisamente con aquello que excede los límites del individuo: la repetición interminable, la disolución de la identidad, la continuidad del espacio, la proliferación orgánica y la posibilidad de imaginar un universo en el que el cuerpo deja de ocupar el centro.
Los lunares que hicieron reconocible su lenguaje no deberían entenderse únicamente como una firma visual ni como el elemento decorativo que posteriormente conquistó la cultura popular. En Kusama, el punto es una unidad mínima que, al repetirse, amenaza con borrar la individualidad. Su acumulación transforma superficies, objetos, habitaciones y cuerpos hasta hacerlos participar de una estructura aparentemente ilimitada.
Allí se encuentra una de las claves de su pensamiento artístico: lo que ella denominó self-obliteration, o anulación del yo.
Kusama relató desde muy joven experiencias perceptivas en las que patrones parecían expandirse sobre los objetos, su cuerpo y el espacio circundante. En lugar de mantener aquellas experiencias exclusivamente en el ámbito privado, desarrolló a partir de ellas un vocabulario plástico basado en repetición, acumulación e infinito. El Hirshhorn Museum ha señalado cómo estas experiencias se relacionan con su posterior investigación sobre la desaparición simbólica del individuo dentro de un espacio sin límites.
De la superficie al infinito
Cuando Kusama llegó a Estados Unidos a finales de la década de 1950, comenzó a desarrollar sus monumentales Infinity Nets. Las superficies quedaban cubiertas por miles de pequeños arcos ejecutados mediante un proceso reiterativo que eliminaba prácticamente cualquier centro compositivo.
Aquellas pinturas surgieron en un momento en que el expresionismo abstracto dominaba Nueva York, pero ya anticipaban algunas preocupaciones que posteriormente aparecerían en el minimalismo, el arte procesual y las investigaciones seriales de los años sesenta. El Hirshhorn describe estas redes como composiciones sin principio, final ni centro: estructuras en las que el gesto individual parece desaparecer dentro de la acumulación.
Ese desplazamiento sería fundamental.
Primero, Kusama hizo que la pintura pareciera extenderse más allá del lienzo. Después permitió que la repetición invadiera objetos cotidianos mediante sus Accumulations, esculturas cubiertas con innumerables formas blandas. Finalmente llevó esa lógica hacia la arquitectura.
En Infinity Mirror Room—Phalli’s Field, presentada en Nueva York en 1965, utilizó espejos para multiplicar las formas hasta convertir la repetición física en una ilusión espacial potencialmente infinita. Era un paso decisivo: la obra ya no se encontraba solamente frente al espectador.
El espectador estaba dentro de ella.
Y cuando los espejos reproducían también el cuerpo del visitante, ocurría algo todavía más significativo: uno se veía multiplicado mientras simultáneamente parecía perder su singularidad.
La experiencia estética se transformaba entonces en una pregunta ontológica:
¿Dónde termina el individuo y dónde comienza el universo?
El cuerpo como territorio político
Reducir a Kusama a sus Infinity Mirror Rooms, sus calabazas o sus lunares significaría ignorar la radicalidad de su trayectoria.
Durante los años sesenta desarrolló esculturas, instalaciones, moda experimental, cine y numerosos happenings. Sus acciones públicas en Nueva York incorporaron desnudez, pintura corporal, sexualidad y protestas contra la guerra, situándola dentro de las transformaciones culturales y políticas de la contracultura estadounidense. El concepto de Love Forever, presente en algunas de aquellas experiencias, estaba vinculado para ella con la liberación sexual, los derechos civiles y el movimiento contra la guerra.
Su obra fue por ello mucho más que una investigación formal.
El cuerpo podía ser deseo, vulnerabilidad, miedo, repetición, protesta y desaparición.
También desafió categorías historiográficas demasiado rígidas. Su producción dialogó con el expresionismo abstracto, el minimalismo, el Pop, la performance, el arte feminista, la instalación y distintas corrientes europeas, sin quedar completamente contenida dentro de ninguna de ellas.
Kusama fue simultáneamente participante y figura periférica de varias historias del arte occidental. Mujer, japonesa y emigrante dentro del Nueva York predominantemente masculino de los años sesenta, su reconocimiento institucional pleno tardaría décadas en alcanzar la dimensión que posee actualmente.
Venecia y la recuperación histórica
Su presencia en la Bienal de Venecia de 1993, representando oficialmente a Japón, fue fundamental en esa reconsideración internacional.
No era su primera aparición alrededor de la Bienal: en 1966 había realizado allí, sin invitación oficial, su conocida acción con cientos de esferas reflectantes. Pero el pabellón japonés de 1993 presentó una visión amplia de su trayectoria, desde las Infinity Nets y esculturas blandas hasta las instalaciones vinculadas a las calabazas y los espejos. La propia documentación oficial del Japan Pavilion considera aquella exposición un momento decisivo para la reevaluación internacional de su obra.
A partir de entonces ocurrió algo extraordinario: una artista experimental que durante buena parte de su carrera había trabajado desde posiciones marginales se convirtió progresivamente en un fenómeno cultural mundial.
Sus habitaciones infinitas comenzaron a generar largas filas en museos. Las calabazas adquirieron una presencia monumental. Los puntos abandonaron la superficie pictórica para ocupar edificios, esculturas, jardines, productos comerciales y espacios digitales.
Kusama terminó convirtiéndose en algo que pocas figuras de la vanguardia consiguen: una artista capaz de mantener simultáneamente reconocimiento museológico, éxito comercial y enorme popularidad pública.
Esa transformación también produjo una contradicción fascinante. Una práctica que originalmente investigaba la desaparición del ego acabó construyendo una de las identidades visuales más reconocibles del mundo.
Después de Kusama
La muerte tiene una presencia silenciosa pero constante dentro de su pensamiento.
En algunas de las últimas generaciones de Infinity Mirror Rooms, pequeñas luces parecen extenderse hacia un espacio cósmico imposible de medir. El visitante entra, observa su reflejo y por unos instantes se encuentra simultáneamente presente y reducido a casi nada.
El Smithsonian interpreta obras como The Souls of Millions of Light Years Away y Aftermath of Obliteration of Eternity en relación con la transitoriedad de la vida, el paso del tiempo y la inevitabilidad de la muerte.
Hoy esa dimensión adquiere inevitablemente otro significado.
Kusama ha muerto, pero la desaparición física resulta extrañamente coherente con una obra que durante décadas imaginó cómo trascender los límites del cuerpo.
Su legado no está simplemente en el punto, la calabaza o el espejo. Está en haber comprendido que la repetición podía convertirse en una filosofía visual; que una experiencia íntima podía transformarse en lenguaje universal; que una habitación podía funcionar como pintura, escultura, arquitectura y experiencia psicológica simultáneamente.
El comunicado difundido tras su fallecimiento señala que continuó trabajando hasta sus últimos días y mantuvo su convicción sobre el poder del amor y del arte para ofrecer esperanza.
Quizás por eso la imagen más adecuada para despedirla no sea la de un punto aislado.
Es la de millones de puntos extendiéndose más allá de nuestra capacidad de contarlos.
Cada uno existe individualmente y, sin embargo, forma parte de algo inmensamente mayor.
Yayoi Kusama dedicó prácticamente toda una vida a imaginar ese espacio. Con su muerte, el cuerpo desaparece; la repetición continúa.
Yayoi Kusama
March 22, 1929 — August 14, 2026
Matsumoto, Japan — Tokyo, Japan




