Acaba de culminar el «Segundo Taller de Escritura: Crítica de Arte», dictado por la curadora y crítica venezolana Katherine Chacón, bajo la organización de la plataforma Identidades Nómadas.
El taller brindó a los participantes herramientas teóricas y prácticas para la redacción de textos críticos sobre obras o artistas. Mediante lecturas de ensayos críticos y discusiones sobre los textos realizados, los participantes elaboraron ensayos críticos que dieron cuenta de sus ideas y voz crítica.
Identidades Nómadas (@identidadesnomadas) es un programa formativo internacional de formación de reflexión y documentación sobre arte, vida y comunidades dirigido por Sofia Saavedra artista venezolana quien integra la categoría del nomadismo, migración, identidades y diversidad en una propuesta que busca espacios formativos transfronterizos. Saavedra señala: “Nos auto concebimos nómadas como una categoría de resistencia e impulso creativo que apuesta a la investigación y creación desde lo lúdico y reflexivo del movimiento humano, creemos en la flexibilidad del pensamiento crítico como un potente y sensible motor de transformaciones de ideas a procesos”.
El Segundo Taller de Escritura: Crítica de Arte estuvo dirigido a artistas, estudiantes de arte y literatura, profesionales de otras áreas, y todo aquel que desee adentrarse en la escritura crítica sobre arte. Con reuniones cada 15 días por espacio de dos meses, el taller dio excelentes resultados, por lo que nos estamos preparando para continuar abordando la escritura crítica y creativa en nuevos talleres.
Los textos seleccionados fueron: El epicentro del caos y la quietud: «MyBed»deTraceyEmin por Elizabeth Villar, «Him». Maurizio Cattelan por Isabel C. Yrausquin y Dos obras de Pancho Bourne de Eleonora Pulido.
ELEPICENTRODELCAOS YLAQUIETUD:MYBEDDETRACEYEMIN
Elizabeth Villar
El universo del arte contemporáneo suele aproximarse a las obras rupturistas desde una distancia aséptica, parapetado detrás de teorías curatoriales que intentan domesticar el impacto de lo que, en esencia, es un grito humano. Cuando en 1998 la artista británica Tracey Emin expuso My Bed en la Tate Gallery de Londres, la crítica satelital de la época se ahogó en el escándalo mediático, el morbo sensacionalista y el debate plano sobre los límites del decoro en las instituciones artísticas.
Sin embargo, al despojar la pieza del ruido exterior, lo que queda es un testimonio monumental de honestidad brutal. Como bien señaló la iconográfica coleccionista y cantante Madonna en una reflexión que condensa el motor conceptual de la creadora: «Tracey es inteligente y herida, y no tiene miedo de mostrarse». Esa falta de miedo es precisamente lo que transforma un colchón deshecho en un autorretrato existencial y en el epicentro de una verdad descarnada que resiste el paso del tiempo.
El valor metodológico de Emin radica en unir dos polos que la academia históricamente ha divorciado: la agudeza intelectual para intervenir un espacio artístico y la crudeza de una herida psicológica expuesta sin anestesia. Frente a la frialdad cerebral y despersonalizada del ready-madeconceptual fundado por Marcel Duchamp, quien elegía objetos industriales para neutralizar la emoción, Emin ejecuta un viraje radical hacia el ready-madevisceral. Aquí, el objeto cotidiano no es escogido por su indiferencia estética, sino por estar saturado de una subjetividad tan violenta que resulta casi insoportable a la mirada. No es una idea pulcra; es el registro material de un colapso.
Las sábanas sucias, las manchas amarillas dejadas tras relaciones sexuales sin amor, las botellas de vodka vacías, las colillas de cigarrillos y los condones usados no son meros desperdicios: son las pinceladas de un alma destruida que utiliza sus propios desechos orgánicos y emocionales como materia prima de supervivencia.
Ellienzoesel colchón
Esta operación no nace del capricho contemporáneo, sino que se inscribe con total derecho en la estirpe trágica de la gran tradición expresionista europea. Las profundas influencias de Emin, como las de Edvard Munch y Egon Schiele, resuenan en cada pliegue del edredón desordenado. Donde Munch pintaba el grito sordo de la ansiedad existencial y Schiele desnudaba cuerpos retorcidos bajo una tensión neurótica e implacable, Emin materializa la misma angustia despojándose del óleo y el lienzo. El soporte de su pintura es el colchón. Curadoras contemporáneas han validado esta genealogía al exhibir, en años recientes, My Bed, en diálogo directo con las brutales y deformadas carnes de Francis Bacon. La crítica contemporánea ha rescatado así a Emin de la etiqueta de la ‘cultura pop’ para situarla como una de las representaciones de la vulnerabilidad más impactantes de la historia del arte; un anti-retrato donde la mujer no está físicamente, pero sus rastros biológicos y psicológicos recuperan el control absoluto de su propia narrativa, dinamitando la mirada masculina que confinó el lecho femenino al deleite visual pasivo.
Dondepasatodo
Es desde esta trinchera de la verdad descarnada donde la obra de Emin demuestra su naturaleza más maleable y poderosa: su capacidad de adaptarse a los estados emocionales de cada individuo según sus propias vivencias. El espectador no contempla un objeto ajeno, sino que proyecta en ese lecho sus propias batallas y silencios. En mi propia realidad, el lugar que habito no pretende ser una galería minuciosamente curada bajo la frialdad institucional; es, más bien, un refugio que parece habitarse solo, pero que late con la personalidad de quien respeta profundamente el arte, otorgando a los artistas una prioridad absoluta en la excelencia de sus paredes.
Sin embargo, dentro de esa composición curatorial de mi cotidianidad, la obra central de mi espacio, y de su poética, es mi cama. Allí es donde pasa todo. Ese objeto deja de ser un simple mueble funcional para convertirse en el epicentro de la existencia diaria: el territorio sagrado donde se depositará el cansancio absoluto tras las extenuantes jornadas en el asfalto exterior, y donde la mente se limpia del ruido mecánico de la calle para refugiarse en la música de Chopin o en la literatura. La cama propia, al igual que la de Emin, registra la tensión invisible entre la crisis y la quietud creativa, convirtiendo el espacio íntimo en el verdadero confesionario del individuo.
Volveratenderlavida
El valor supremo de este arte confesional no es el estancamiento en el trauma, sino su capacidad de exorcismo y transmutación. La distancia histórica nos permite hoy contrastar la obra fundacional de Emin con su propia evolución existencial, lo que demuestra que el desorden no es una condena perpetua. Mientras que la instalación de 1998 inmortalizó el caos absoluto de un alma rota, saturada de botellas de alcohol, colillas y el rastro ensordecedor de un colapso, la Tracey Emin actual contempla aquel lecho desde la madurez del perdón y la reconciliación. Su cama de hoy, según revela con brillo en los ojos y una sutil jocosidad, es un espacio pulcro, hermosamente arreglado, donde los fantasmas del desamor han sido sustituidos por la presencia pacífica y silenciosa de sus dos gatas. La artista ya no necesita gritar para demostrar que existe; ha aceptado su cuerpo, ha ganado peso y ha conquistado la paz.
Esta dualidad ilumina mi propia lectura. Entender que Emin logró transmutar su ruina en un monumento de supervivencia es el puente conceptual que conecta su lecho con el mío. Aquel espacio central donde, como he dicho, pasa todo, se convierte en mi trinchera; el único rincón capaz de absolver el desgaste de las horas y de limpiar la mente de la hostilidad cotidiana. Al igual que para la artista británica, la cama propia es el lienzo diario en el que se libra la batalla invisible entre la crisis y la quietud creativa. Al final, MyBed nos enseña que mostrarse herida no es un acto de debilidad, sino el paso previo e indispensable para volver a tender la vida. El arte cumple así su promesa más alta: no nos condena a la tragedia estática de Schiele, sino que nos otorga las herramientas para transformar el grito en un luminoso y silencioso estado de paz doméstica.

Instalación de objetos diversos
Tate, Londres
HIM. MAURICIO CATTELAN
Isabel C. Yrausquin
París. Un sábado cualquiera. La Colección Pinault anuncia una nueva exposición en la icónica Bourse de Commerce. Cada visita es una aventura, arte contemporáneo puro y duro. Investigo poco antes de ir, quiero sorprenderme, no quiero influenciarme con ideas y percepciones ajenas. Subo al segundo piso, siempre empiezo mi recorrido allí. Entro a la gran sala. Para esta exposición la han oscurecido: luces bajas, ambiente sombrío, empiezo a recorrerla poco a poco, deteniéndome de vez en cuando, el recorrido me lleva inevitablemente a una pequeña sala, está casi completamente oscura, solo hay una luz potente que ilumina insistentemente a una figura que se encuentra en el medio de la sala. Es una escultura hiperrealista, parece un niño de unos 8 años, está arrodillado, totalmente de espalda a mí. Está vestido con un traje color gris, abrigo, y pantalón, me hace pensar que es un niño de otra época. Un corte de pelo impecable. Por reflejo, necesito ver su cara. Me acerco lentamente, rodeándolo para ver todos los detalles posibles, hasta que me encuentro frente a frente, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Es Hitler.
Se trata de la escultura llamada Him del artista italiano Maurizio Cattelan, nacido en Padua en 1960. Sus obras se caracterizan por ser principalmente controversiales, a través del arte parece obligarnos a mirar, a enfrentarnos a nuestras propias ideas de lo que nos rodea, crear discusión en torno diferentes temas, hacernos reaccionar.
En el caso de la escultura Him el artista expone a este personaje, una figura innombrable, que suscita un rango infinito de emociones, que hace reflexionar al espectador. Lo pone frente a frente con aspectos de la humanidad que existen y no los podemos negar, la existencia del bien y del mal, la inocencia y la maldad. El artista parece tener la necesidad de urgir a la sociedad a no cubrir en silencio a esta figura que encarna la crueldad, en mostrarla y hacerla presente, no permitir que se convierta en un fantasma y nos mire directamente a los ojos. Que nos hagamos preguntas, que no confiemos en primeras impresiones. ¿Qué significa el hecho de que la escultura estuviera de rodillas? ¿Arrepentimiento? ¿Conflicto moral? ¿Pide perdón? ¿Qué expresión tiene en su cara? La interpretación está reservada para cada uno.
Después de ese encuentro, no recuerdo ninguna otra obra de esa exposición. Unos meses más tarde, asistí a una feria de arte y para mi sorpresa, prácticamente desde la puerta, reconocí la escultura, me parecía increíble que estuviera en Suiza, expuesta en un stand de una galería que no recuerdo, evidentemente caminé directamente a ella, la volví a encontrar de espalda a mí, ya sabía lo que me esperaba, la rodeé lentamente, como si quisiera comprobar que era la misma. Tenía el mismo traje, el mismo corte de pelo, al tenerla de frente, sorpresa, tiene la cara cubierta con una especie de bolsa marrón de yute. Me pregunto cuál sería mi reacción si nunca hubiese visto esa escultura en París. Si ignorara quien se esconde detrás de esa bolsa de yute. Nunca lo sabré. ¿Pero, será él? Tal vez no tiene cara. ¿Qué cara le pondría yo?

Him, 2001
Cera, cabello humano, traje, resina de poliéster y pigmento
101 × 43,1 × 63,5 cm
Edición de 3 + AP
Foto: Christie’s
DOS OBRAS DE PANCHO BOURNE
Eleonora Pulido
Un nuevo camino, en 1993, me conduce sorpresivamente hacia el mundo diplomático: Buenos Aires. Allí, las aventuras y las nuevas experiencias me llevaron a una situación inesperada en la casa donde me hospedo, donde desplegaron ante mí varios lienzos para que alguno me atrapara. Me cautivé y cuando vi esas voluptuosas mujeres, con un vestuario sencillo, de colores intensos, rostros vivaces y tristes, acompañadas por un Bulterrier; mi sensibilidad y el aura que irradió esa pintura me cautivaron, me rendí ante la belleza y la adquirí.
Años después me sentí en un laberinto de curiosidades y de preguntas. ¿Quién es el artista? Me recuerda el estilo de Botero y me encanta. El pintor es Pancho Bourne, me comentó mi esposo al ver la pintura; lo reconoció porque también era artista plástico y amigo.
Pancho nació en Venezuela en un ambiente cultural, en el seno de su familia donde la música, la poesía y la pintura lo rodearon. Esto despertó en él que a una tierna edad tome el lápiz y comience a hacer rayas y trazos. Continuó con su constante pasión por el dibujo, siendo todo un autodidacta; luego entró al diseño gráfico, trabajó en una agencia publicitaria y exploró el volumen y la sensualidad de las formas, utilizando creyones de cera, acuarela, acrílico y óleo.
Sus trabajos abarcan lo figurativo y abstracto, pero saber por qué siguió la línea de Botero no me fue posible. Lo que sí puedo saber es que el cuadro me cautivó estando ya en Caracas, lo observé con el deseo de revivir el momento en que lo preferí entre tantas pinturas y lo que sentí, hace treinta y tres años en la capital argentina. Incluso, otra pintura de Bourne que me regaló mi esposo también tocó mi sensibilidad por sus formas, volúmenes y colores. Representa una pareja donde un hombre de espalda entrega a su amada tendida en la playa una fruta.
Tal vez por ser periodista considero necesario, para escribir un texto crítico, ubicar al artista, ya que desconozco su trabajo y no hay escritos que me hablen de él. Pongo empeño en que nos reunamos y se niega la primera vez con excusas. Dejo pasar unos días y vuelvo a la carga; viene a casa, donde le explico nuevamente el porqué de mi interés, y me dice que no es famoso. Le explico que hablarle personalmente es necesario para mi objetivo y accede con pocos comentarios y delatando su timidez. Comenta que el famoso era su padre, músico, escritor, pintor, todo un artista, lo que marcó su vida hacia las artes.
Sentados frente a su cuadro le cuento qué me hizo comprarlo y decido enseñarle el cuadro pequeño que me regaló su amigo. Me sorprende que decida fotografiar ambos; luego me explica que no los pintó solo con óleo, sino con acuarela, creyones de cera y óleo en los bordes de las imágenes. Se acerca al cuadro y señala los lugares donde sobresale el óleo.
El reloj pone fin a la reunión y planteo la necesidad de ver otros trabajos en su taller. Creí que así sería, pero me equivoqué. Vuelvo a llamarlo y su esposa me dice que salió con unos amigos. Intuyo que no es cierto… Ella recomienda que lo llame directamente a su número, el que hago durante unos dos días, pero tampoco responde a mis llamadas. Con esa actitud me lo dijo todo y desisto.
Dejo pasar unos días para volver a la laptop y escribir el texto, pero veo alejarse mi meta por falta de información, que es mi herramienta para poder profundizar en quién es Pancho Bourne como artista.
Consciente de mi escasa información me tomo la libertad de preguntar a quien fuera su asistente por años. Esa persona también asistió a mi esposo escultor y él mismo se convirtió en pintor. Es amigo y conoce muy bien a Pancho y a su familia. Busco los pequeños detalles para plasmarlos con más certeza y descubro que a Pancho le gusta la música desde muy pequeño ya que su padre colocaba tres discos en los tocadiscos de esa época desde el amanecer y, en consecuencia, su hijo heredó lo que su padre amaba. De allí se fue convirtiendo en artista plástico, oficio que con los años continuó con sus pinturas de personajes con grandes volúmenes. Asimismo le atraen los paisajes marinos que utiliza en sus cuadros, pero también se diversificó hacia el surrealismo, el expresionismo y algo del cubismo.
Para mí es fácil entender que los seres humanos que nacen con un don y paso a paso se desarrollan en un área artística, son más complicados, por su sensibilidad, que otros seres humanos, aunque en realidad cada ser tiene su mundo interno que generalmente no conoce y mucho menos entiende, ya que conocerse a sí mismo cuesta muchas veces más de una vida.
Los caminos de la vida son misteriosos y cuesta entenderlos, aunque al acercarme más a los artistas que me han rodeado, concluyo en que un artista plástico es un profesional que transforma ideas, emociones o su visión del mundo en obras tangibles, utilizando materiales moldeables o físicos y aplica técnicas manuales para crear arte visual, comunicando mensajes profundos a través de formas, el color, el movimiento y la textura; que en muchos caso se vale de varias disciplinas, lo que me hace sentir enriquecida hacia un camino que debía emprender para lograr una meta trascendental para mi humilde y ávida de conocimiento de mi yo interior.

Sin título (Atardecer), s/f
Técnica mixta

Paseo por la plata, 2012
Técnica mixta




