La Nau se convierte en un espacio donde confluyen la pintura, la memoria y la reflexión crítica gracias a Rossi Aguilar
D.B. Colmenares
En Escrituras fragmentarias. Gesto y memoria, Rossi Aguilar (Venezuela, 1993) articula un cuerpo de obra que se resiste a la clausura. Las piezas no se presentan como unidades autónomas, sino como fragmentos extraídos de un continuo mayor, de una narración en permanente estado de devenir. El soporte —lienzo, papel o madera— actúa como dispositivo de detención temporal: fija un momento del proceso sin agotarlo, conserva la huella de lo inacabado y permite que la obra permanezca abierta a nuevas lecturas.
Estas superficies funcionan como espacios de inscripción antes que como campos de representación. Se asemejan a cuadernos, tablillas o archivos en construcción, donde la materia pictórica, aplicada en capas sucesivas, adquiere una densidad simbólica ambivalente. Fragilidad y resistencia, opacidad y revelación coexisten en una tensión constante. La pintura no ilustra una idea previa: piensa desde su propia materialidad.
Entre gesto y escritura
Uno de los ejes centrales de la muestra es la fricción productiva entre el trazo corporal y la palabra fragmentada. Aguilar desplaza el gesto pictórico desde una pulsión inicialmente impulsiva —rápida, casi agresiva— hacia una gestualidad más contenida, reflexiva y consciente de sí misma. Este desplazamiento no supone una pérdida de intensidad, sino una mutación del gesto en signo.
En este proceso, los trazos se repiten, se afinan y se reconocen como un repertorio estable, un abecedario visual con resonancias caligráficas. La pintura se aproxima así a una escritura sin lenguaje verbal, donde el signo no remite a un significado fijo, sino a una experiencia corporal y temporal. La referencia a Cy Twombly resulta pertinente, no como cita formal, sino como afinidad en la comprensión del gesto como acto de inscripción y memoria.

Memoria acumulativa y archivos invisibles
La memoria aparece en la obra de Aguilar no como relato lineal, sino como estrato. Sus piezas se construyen de manera acumulativa y transformativa, a partir de memorias inconscientes que, por repetición, sedimentan en la superficie. Se trata de recuerdos difusos, memorias del hogar, experiencias tempranas que no se presentan de forma explícita, sino como una presencia envolvente, casi táctil.
Estas capas conviven con otros elementos capturados del contexto inmediato, generando una red invisible de relaciones. La artista no busca narrar una historia personal reconocible, sino activar en el espectador una sensación de extrañeza y curiosidad, una intuición de que algo se comunica más allá de lo visible. La obra opera desde la metainformación: aquello que no se puede señalar directamente, pero que se percibe como latencia.
Superficie como palimpsesto
En esta exposición, la superficie pictórica se convierte en un espacio de excavación. Las obras funcionan como palimpsestos donde distintas temporalidades se superponen sin jerarquía. Lo que en otros momentos pertenecía al ámbito de lo íntimo —archivos protegidos, memorias crípticas— se abre ahora a una dimensión colectiva.
Aguilar introduce de manera explícita una conciencia histórica y política: en sus capas aparecen otras mujeres, las abuelas, las compañeras, las figuras silenciadas de una historia del arte construida desde la exclusión. Este desplazamiento implica una toma de posición. La artista asume una responsabilidad discursiva y reivindica el derecho a ser leída, no solo mirada. La pintura se convierte así en un espacio de enunciación donde lo personal y lo colectivo se entrelazan.

Ritmo, fragmento y continuidad
Las composiciones de Escrituras fragmentarias. Gesto y memoria poseen un ritmo interno que sugiere simultáneamente ruptura y continuidad. Ninguna obra se plantea como “terminada” en un sentido cerrado. Cada pieza es parte de un sistema mayor, de una narrativa que excede el soporte que la contiene.
El marco expositivo actúa como un corte provisional dentro de un flujo de trabajo constante. Aguilar extrae capas de esa malla conceptual y material, las fija en lienzo o papel y continúa el proceso, aceptando las limitaciones técnicas del soporte como condiciones productivas. La fragmentación no implica dispersión, sino método.
El cuerpo como sombra
El gesto pictórico en la obra de Aguilar roza lo performativo. El cuerpo está siempre presente, aunque no necesariamente de forma figurativa. A veces aparece como movimiento, como rastro, como “sombra” que acecha la superficie. El cuerpo abre un canal de información, pero lo hace desde la restricción, desde la conciencia de sus propios límites.
Es precisamente en esa limitación donde la obra encuentra su potencia. La pintura no lo dice todo: sugiere, insinúa, deja espacios en blanco que activan la participación del espectador. La experiencia estética se construye en esa tensión entre lo mostrado y lo oculto.
Fragmentar para releer
Lejos de entender la fragmentación como herida o pérdida, la exposición la reivindica como posibilidad crítica. Fragmentar es releer, reconstruir, desestabilizar los relatos hegemónicos. Aguilar no oculta la incomodidad: la utiliza como motor discursivo. Su pintura rompe con lo estético entendido como superficie complaciente para abrir conversaciones necesarias.
En este sentido, Escrituras fragmentarias. Gesto y memoria reafirma la potencia del arte como forma de pensamiento. La pintura se presenta como una herramienta crítica capaz de cuestionar las jerarquías del relato histórico y de activar nuevas maneras de habitar la memoria desde sus bordes.




