LA BUSQUEDA (13)

RUMINAWE ENTRE LOS  KOGI

EDUARDO PLANCHART LICEA

Ruminawe, tras abandonar a los hombres de la selva, se dirigió con paso firme a su querida cordillera, guiado por el sol y las estrellas. Extrañaba la suavidad y el calor de lana de alpaca, el frío comenzaba a atenazarlo mientras ascendía. Cruzó la cordillera por el sitio más árido, las piedras desmoronadas abundaban haciéndolas peligrosamente resbaloso, más de una vez estuvo a punto de caerse, al recorrer   el estrecho camino entre cordilleras que lo llevaría nuevamente al imperio del Inca.  Tras el agotador esfuerzo  al  coronar  la primera cumbre  de la cordillera sintió el gozo de volver a los dominios del cóndor. Esa noche logro dormir   un sueño reparador en el fondo de una profunda grieta que lo protegió del hiriente viento,  Por una noche pudo olvidarse del hambre, pues en esa soledad de nada le servían el arco, no había nada que cazar. Durante varias lunas caminó entre paisajes  pétreos  y   resplandecientes cielos. Mientras   recorría la cordillera, sentía que  pisaba la orilla del cielo.

Al empezar a descender el paisaje comenzó a ser dominado  por el verdor que rodeaba  las lagunas nacidas de la nieve derretida de las cumbres, pudo reponer sus provisiones de agua  y llenar sus jícaras. Sobre su espalda cargaba una mochila de lana, donde llevaba  sólo recuerdos que atrapan el tiempo eterno en ellos. Entre una de sus manos  sostenía    la vara de mando que hacía de él un Karaí. Volvió a colgarse en el cuello el medallón de oro que le habían dado en el templo del Sol al salir del Cuzco. En la lejanía  veía un Sol caído descendiendo, y en su ida parecía  incendiar el  cielo.  

Al  seguir descendiendo los frailejones   en cada huaca hacia sahumerios, y oraba  y pudo dormir entre    las lanosas hojas del frailejón verde. Hacer fuego era  difícil. Los pequeños arbustos que crecían en los páramos tenían la madera húmeda, por la perenne llovizna y la niebla que se cernía sobre el páramo. Sentía la cordillera  como   un cobijo, como si estuviera pisando   nuevamente su hogar.   El cansancio no  lo había vuelto a dominada,   los hombres de la selva le habían enseñado a caminar sin esforzarse, buscando su propio ritmo. Días atrás se le habían acabado las  hojas de coca,rìa mezclar con los caracoles molidos del poroporo, empezaba a extrañar su sabor amargo y la fortaleza que daba a su cuerpo y la espiritualidad en que se veía inmerso.   

Descendía  y ascendía de un valle a otro, hasta que al fin llego al   punto más alto de la  sierra, al ver a su alrededor  se lleno de gozo  y plenitud.  Logro liberarse de la angustia latente  que lo acompañaba como una sombra al no ver desde ese lugar   huellas del Inca, el Dios Viviente.

Sabía que se acercaba al territorio de los Kogi, en varias ocasiones había pasado cerca de   chozas abandonadas en las cuales acostumbraban  a descansar, en su interior eran oscuras y cerradas, para protegerse del frío y  de los vientos de muerte. Las únicas  aberturas  era una pequeña puerta escondida y una pequeña abertura circular en el techo, los insectos abundaban y jugueteaban entre las estalactitas de grasa y humo.   Colgaban de las paredes ollas de barro, cucharas de maderas, plumas, espinas amarradas en  redes. El piso estaba cubierto de esterillas sobre las que había dormido las mujeres,  pues los hombres dormían en  chinchorros tejidos de algodón. 

Al irse adentrando  en el dominio de los Kogi, empezó a tener extrañas visiones. Cuando miraba algunas  rocas se transformaban en inmensos capullos, y en su interior   veía hombres en posición fetal, como esperando volver a la vida. Los troncos de los árboles se convertían en culebras de  vistosos colores, las hojas en pájaros….El ver se convirtió en una pesadilla. Con el tiempo supo que para los Kogi esto era normal, le llamaban la doble mirada. A través de ella veían  la esencia de las cosas. 

Al empezar a distinguir  en la lejanía los  poblados Kogi, el cansancio había penetraba hasta sus huesos y  la vara de mando  se transformó en un bastón que los sostenía en pie, sentía que la Madre tierra le absorbía su energía y a s vez lo estaba transformando,   los  calambres que  herían todo su cuerpo. Se encontraba completamente embotado,   no  albergaba ningún   temor,  sabía que lo peor que podía pasarle era que lo expulsaran del poblado,  ya que los hijos de Gaulchováng  despreciaban la violencia en cualquiera de sus formas. Al irse acercando las chozas   parecían montañas de arenas comunicadas entre sí por caminos   de madera, que  parecían una gigantesca tela de araña. 

Ruminawe  difícilmente se hubiera imaginado que su llegada era esperada con impaciencia. El ruido que hacían los objetos metálicos que  llevaba sobre sí, se habían convertido en un poderoso  y misterioso eco que  provocaban  inquietud al ser oído   por los Kogí.  Estaban intrigados por los destellos que emitía  su medallón de oro. Los Mámas del pueblo  llegaron a pensar estar ante   un demonio engendrados por sus faltas a la ley de la Diosa Madre. Por esta causa el Máma  Sintaná reunió a   los hombres dentro de  la casa ceremonial, en nueve círculos concéntricos para  oír la confesión colectiva, así podría  saber si habían   trasgresiones en actos o pensamientos contra la madre tierra, se reunían  en ese sitio sólo los hombres, pues las mujeres tenían prohibido entrar a la casa ceremonial donde se guardaban las máscaras sagradas, se danzaba y se realizaban los duelos  del saber. La choza ceremonial era internamente una réplica del huevo cósmico que era la tierra. En él nacían los hombres al conocimiento y a la eternidad. Pero tras oír   cada confesión no  encontró trasgresiones a  la ley. Al terminar los hombres salieron de la casa ceremonial al centro del poblado a reunirse con las mujeres y los niños para oír  sus actos, sueños y deseos. El Máma se encontraba en el centro, junto a la roca sagrada, ombligo del mundo. Alrededor de ella    se reunían a orar, por  el  bienestar de sus hermanos menores. Oía pacientemente y aconsejaba, tomaba como guía el comportamiento de los primeros padres y madres.      

El peregrino recordaba su vida en el templo y las   historias que aprendió entre los hombres de la selva sobre  el origen de los gemelos Sol y Luna y de los  jaguares que estuvieron a punto de destruirlos, la búsqueda de la Tierra sin Mal, guiados por los profetas sin ombligo.  En el poblado  lo esperaban impacientemente. Destacaban sus trajes  de algodón,  de  blanco y otros de vistosos colores,  eran el los signos visible de su clan.  Los   no iniciados en la sabiduría de Gauchováng, no podían llevar   colores chillones en su indumentaria. Mientras oraba el Máma Sintaná  entró Ruminawe al poblado, espero hasta que  terminara su oración para acercarse al centro de la plaza.  Sabía que los Kogi eran los guardianes del equilibrio del universo,   impidiendo con sus rituales que las fuerzas  del caos rompieran la armonía y desequilibrarán  la Tierra Media.  Y la Diosa daba a cada uno su propia oración,   que  era el puente interior entre el arriba y el abajo… Alrededor de la roca madre un coro de voces, creaban una misteriosa música. Al   convertirse en un susurro, el Máma exclamo:

-El equilibrio y la fortaleza de los pilares vivientes, que sostienen sobre sus hombros el huevo cósmico dentro del cual existimos, depende de nuestro vivir. Debemos contrarrestar el mal de nuestros hermanos menores a la ley de la madre. Somos los hermanos mayores, esa es nuestra responsabilidad. No es excusa para actuar en contra de ley la violencia,  la mentira, el desprecio a la tradición de nuestros hermanos menores. ¿Qué más se puede esperar de ellos? Al terminar de hablar el Máma, un  kogi que había guardado sus faltas hasta ese momento, comenzó hablar:

-He tenido sueños de violencia,  la sangre derramada lo impregna todo ¿Qué puedo hacer contra ello?. Los sueños son las semillas de la realidad. He visto violencia y respondía a ella con muerte. He pedido fuerza a la Diosa Madre para no quedar atrapado en las garras de Se.

-No olvides Sagry, la muerte no existe, Sintaná le respondió. Por ella renacemos en el vientre de la madre. No debes conmoverte, ni llorar por nuestra muerte. Tus lágrimas y dolor anegarían el camino que nos lleva a la otra vida.  ¡No hay muerte, ella es sólo la máscara de nuestros deseos!¿Has matado en tus sueños?

-No he matado a persona alguna, pero he cazado animales salvajes, devoraba y bebía su sangre, realizaba actos sexuales en posiciones no permitidas por la Diosa. Sintaná le  comento con palabras ecuánimes.

-No debemos asesinar a los animales, son nuestros protectores. Cada uno de nosotros tiene un alma animal. Pero para poder sentir la crueldad del acto de matar, debemos vivir el acto de asesinar un animal, descuartizarlo con nuestros dientes y beber su sangre. La repulsión revolverá nuestro ser y comprenderemos el porqué de la ley. Las fuerzas que nos gobiernan son: Se, es la fuerza destructora, la muerte, el lado oscuro  e izquierdo del universo; Mu es la creación, el nacimiento, lo luminoso, el lado derecho del universo, ambas  luchan en nosotros y el cosmos para equilibrarlo. La destrucción no puede existir sin la creación, el arrepentimiento sin el crimen y el bien sin el mal.

-La Diosa nos enseñó como unirnos amorosamente a nuestra otra carne a nuestra otra alma, la mujer es la imagen de la Diosa Madre. El no hacerlo como nos fue enseñado, uniéndonos en un abrazo como el cielo y la tierra,  como la lluvia besa  el surco donde sembramos la semilla produce un punzante dolor a los pilares vivientes, los sostenedores de las nueve tierras. La raíz de la realidad son los sueños, pensamientos y actos para luchar contra Se pidamos la ayuda de la Diosa Madre.

Sintaná, voz de la Diosa, respondió Segrí.

-No sólo en sueños he faltado también lo he hecho en actos. No he usado el popóro, me produce rechazo el amargo sabor de la hoja de coca con cal. No anhelo la sabiduría, ni el conocimiento de las raíces sagradas. Las noches que paso en la casa ceremonial recitando las historias del origen, aprendiendo la ley, son un sacrificio. Prefería pasar la noche sintiendo el calor de mi esposa sobre mi cuerpo a imagen viviente de la Diosa.

-El popóro es la unión,  la fuerza que guarda la cal para la tostada hoja de coca. Le recordó Sintaná. Nos da vigor y aleja el sueño, nos permite aprender durante noches seguidas la ley de la madre. Introducir la pequeña rama en el orificio del poporo, significa sustituir la unión de la carne, el placer del sexo, por un deber: atesorar el conocimiento que nos permite descubrir los rostros de la realidad, llenando así nuestro ser de equilibrio. Concéntrate en cada paso que des sobre la tierra,  lucha contra la maleza que oculta la realidad. Tienes que aprender a dominar tus deseos, ellos nacen del ensueño, para dirigir tu ser y alejarlo de la ley. El sexo nos debilita, nos quita energía y poder. La Diosa madre nos creó de la sangre de su primer mes y de un pelo de su vulva. Nacimos  de su vientre para conocer la ley. Vivir como lo estás haciendo, es morir, ¿No te das cuenta?, es como si no hubieras nacido.

Vive como un Kogi. No nos averguenzes ante la Diosa. Que ese anhelo cale en lo más profundo de tu ser, así todo seguirá su curso.  

Al terminar de hablar Sintaná, Ruminawe entró al poblado. Sus pasos eran acompañados por el ruido de su sonajera. Al llegar a la plaza central, lo miraron con una mezcla de curiosidad y temor. Nadie  le dirigía la mirada, mientras los Máma discutían sobre su aparición.

-Llevas en tus manos el bastón del Karaí primigenio, le dijo Sintaná, Gauchovang tiene estima por su sabiduría. Él es dueño de la llama que da vida a los cuerpos y les inspira arrebatas palabras. Los Karaí nacieron de la planta de auyama primigenia creadora de los linajes que pueblan la Tierra Media. Los hombres de la selva son amados por la Diosa, por seguir su ley; otros frutos más lejanos desoyeron su voz y olvidaron a la madre.

Las palabras de Sintaná tranquilizaron a Ruminawe, no sabía que esperar de gente tan misteriosa. Las mujeres se le acercaron hablando en un dialecto diferentes al usado por el Máma, le costaba comprenderlo. Acariciaban con desagrado una  piel de venado que lo cubría. Le pedían que la dejara fuera del poblado, les recordaba la belleza del animal vivo. Mientras le decían esto pusieron entre sus manos un huso para hilar algodón con  el que podría   tejer en un telar  de mano un camisón, pues cada hombre debía hacer su vestimenta y la de su familia. En los dominios del Inca recordaba, cubrían los cuerpos embalsamados de largas telas, una y otra vez, él debió tejer más de una vez esos largos listones mortuorios. Ruminawe debajo de la piel de venado, llevaba un largo camisón de algodón. La cintura la apretaba una correa hecha de palmas, tendría que hacerse otra de fibras  nevas, no había otras fibras en las cercanías. Las mujeres dominadas por su curiosidad, vaciaron los bolsos que llevaba entrecruzados en sus hombros, al ver su contenido se comenzaron a reír estrepitosamente. Le costaba comprender el por qué. Pero por sus gritos, movimientos pícaros y suspicaces  miradas creyó sospechar la causa del bullicio.

-¿Qué desea un Karaí entre gente pobre e ignorante?, Ruminawe respondió a la  pregunta de Sintaná: La pobreza externa es signo de sabiduría, quien gasta su vida obteniendo riquezas se olvida del camino que lleva a Yuuluka y a estar de acuerdo con la Diosa. Quien sólo nace, come, acumula, cría y muere ignora la ley y se separa de la madre. 

Tiempo tendrás para demostrar la verdad de lo que dices.  Continúo hablando Sintaná. Si piensas con el corazón y la mente serás uno de nosotros, pero si ocultas tu verdadero rostro deberás abandonarnos. Te daremos la oportunidad de demostrar que hablas con la verdad. Siento que hablas con el corazón de las palabras, pero no todos lo sienten, deberás convencernos con tu vivir. Olvidemos  la ley, vamos a descansar detrás de la casa ceremonial, a ella sólo pueden entrar los iniciados y los que están por iniciarse. Tendrás oportunidad de demostrar tu saber y amor por la madre, antes debemos purificarte, estás contaminado.  Vivires aislado por un tiempo en ayuno. ¿Por qué no llevas popóro?. Ruminawe ardía de curiosidad por saber el significado del  poroporo.

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