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FELIPE ALARCÓN ECHENIQUE

Felipe Alarcón

La obra de Felipe Alarcón Echenique se construye como un territorio de cruces temporales, culturales y simbólicos en el que memoria, identidad e imaginación conviven sin jerarquías rígidas. Su pintura no busca representar el tiempo de manera lineal, sino abrirlo, superponerlo y convertirlo en una experiencia visual donde pasado, presente y futuro pueden coexistir dentro de una misma superficie.

Entre Cuba y España, entre América y Europa, Alarcón Echenique desarrolla una práctica marcada por el tránsito, el mestizaje y la reconstrucción de la memoria. Ciudades, mapas, columnas, cuerpos, animales, jardines y antiguas escrituras aparecen como vestigios activos: fragmentos capaces de conectar historia personal, memoria colectiva y conciencia contemporánea.

Su lenguaje visual también responde al carácter fragmentario del presente. En lugar de resolver sus contradicciones, las incorpora. El caos, la acumulación y la superposición se convierten en estructuras desde las cuales cuestionar nuestra necesidad de clasificar el mundo.

Su obra propone así una geografía interior donde las raíces no permanecen inmóviles, sino que se confrontan, dialogan y transforman.

En esta conversación con Art Miami Magazine, el artista reflexiona sobre la pintura como espacio temporal, la memoria como organismo cambiante, la ficción como vehículo de verdad emocional, la identidad como territorio en tránsito y el proceso creativo como una forma de arqueología de la conciencia.

Felipe Alarcón

AMM. En su obra usted intenta reunir pasado, presente y futuro dentro de una misma superficie, como si distintos tiempos pudieran coexistir simultáneamente. ¿Considera la pintura una forma de cuestionar nuestra percepción lineal del tiempo? ¿Puede una obra de arte contener varias temporalidades y memorias al mismo tiempo?

En mi obra me interesa representar el pasado, el presente y el futuro a través de diferentes épocas, civilizaciones y culturas. No concibo el tiempo como una estructura estrictamente lineal, sino como una dimensión abierta y, en cierta medida, atemporal, donde diferentes momentos de la experiencia humana pueden coexistir.

Me interesa romper esa sucesión cronológica porque considero que la pintura tiene la capacidad de construir su propio tiempo. Desde esta perspectiva, el cuadro deja de ser una ventana hacia un momento concreto para convertirse en un espacio expandido, donde diferentes temporalidades pueden encontrarse, superponerse e interactuar.

Para mí, la pintura tiene la capacidad de suspender el tiempo. Cuando una imagen entra en el cuadro, deja de pertenecer exclusivamente a su época de origen y comienza a formar parte de una nueva realidad. Una arquitectura antigua puede convivir con un cuerpo contemporáneo; una escritura ancestral, con un mapa; una figura simbólica, con un elemento procedente de nuestro presente. No establezco jerarquías temporales entre ellos: todos pasan a formar parte de una misma dimensión bidimensional.

El cuadro se convierte así en un territorio donde los tiempos se cruzan y dialogan. La pintura y el dibujo no solamente detienen el tiempo; también lo contienen, lo transforman y le otorgan una nueva dimensión.

Creo que nuestra propia experiencia funciona de una manera semejante. En nosotros conviven la infancia, la memoria familiar, los lugares que hemos habitado, las experiencias que nos han marcado y las proyecciones que hacemos hacia el futuro. Todo eso permanece activo simultáneamente.

Por eso no busco representar el tiempo de una manera literal, sino construir una experiencia temporal diferente, donde la memoria se actualiza y aquello que todavía no ha sucedido puede convivir con aquello que ya hemos vivido.

Esta simultaneidad estructura silenciosamente mi práctica artística.

Pintar es, en ese sentido, hacer visible la coexistencia de diferentes tiempos dentro de un mismo espacio. Es construir un tiempo propio: el tiempo de la obra.

AMM. La memoria aparece constantemente en su trabajo, tanto desde una dimensión personal como colectiva. Después de vivir entre Cuba y España, ¿cómo distingue entre la memoria de aquello que realmente ocurrió y aquella que hemos reconstruido, idealizado o incluso inventado con el paso del tiempo? ¿Puede la ficción llegar a contener una verdad más profunda que el recuerdo?

La memoria es central en mi obra porque considero que nuestra identidad se construye, en gran medida, a partir de aquello que recordamos. Sin embargo, no entiendo la memoria como una instantánea fija a la que recurrimos cuando queremos recuperar el pasado. Para mí, es un organismo vivo, en permanente transformación. Recordar también significa reinterpretar.

Mi experiencia entre Cuba y España ha transformado profundamente mi manera de recordar. Cuando uno se aleja físicamente de un lugar, ese lugar comienza también a existir dentro de la imaginación. La distancia modifica la percepción del pasado: algunos recuerdos se afianzan, otros se diluyen y otros adquieren una dimensión casi imaginaria.

Con el paso del tiempo, el recuerdo deja de ser únicamente un hecho y se convierte en interpretación.

Por eso me interesa especialmente la frontera entre memoria y ficción. No considero la ficción una falsificación de la realidad. En determinadas circunstancias, puede convertirse en una vía para acceder a una verdad mucho más profunda.

Al reconstruir un recuerdo desde la imaginación, no necesariamente lo traicionamos; en ocasiones, revelamos aquello que verdaderamente significó para nosotros.

En mi pintura no intento reconstruir literalmente Cuba, mi infancia o determinados momentos de mi vida. Me interesa recuperar sus raíces, sus huellas y todo aquello que han aportado a mi formación como artista. Lo que aparece en mi obra es aquello que permanece después del paso del tiempo, de la distancia y de la experiencia.

Es una memoria filtrada por la conciencia del presente.

La pintura se convierte así en una segunda memoria: subjetiva, transformada, simbólica y abierta a nuevas interpretaciones.

Y esa transformación es importante porque permite que una experiencia íntima pueda trascender lo autobiográfico. Cuando una memoria personal se transforma en imagen, puede comenzar a dialogar con la memoria de los demás.

Ahí es donde lo individual se convierte en colectivo y donde la ficción puede llegar a expresar una verdad emocional más profunda que el recuerdo literal.

AMM. Usted habla del “caos contemporáneo” y construye composiciones donde imágenes, símbolos, textos y figuras pertenecientes a diferentes jerarquías conviven dentro de un mismo espacio. ¿Busca ordenar ese caos mediante la pintura, o considera que el arte debe preservar precisamente la contradicción, la fragmentación y la incertidumbre de nuestro tiempo?

El caos contemporáneo forma parte de mi manera de percibir la realidad. Vivimos en un mundo donde las imágenes, las culturas, las informaciones y las experiencias se superponen constantemente, sin una única narrativa visual capaz de contenerlas.

Esa condición fragmentaria no la considero un problema externo a mi obra; constituye, precisamente, uno de los puntos de partida de mi lenguaje visual.

Mi pintura responde a esa realidad cotidiana, en la que diferentes acontecimientos, clases sociales, símbolos y experiencias conviven y se relacionan entre sí. En mis composiciones intento reflejar esa coexistencia mediante la superposición de diferentes elementos y niveles de significado.

Construyo espacios donde aparecen figuras, símbolos, textos, mapas, arquitecturas, animales y referencias históricas y culturales. No busco necesariamente establecer relaciones racionales entre ellos. Me interesa la tensión que surge de su coexistencia y las relaciones que el espectador puede establecer entre esos fragmentos.

No creo que el arte tenga necesariamente que ordenar el caos. En mi obra, el caos funciona también como una metáfora: aparentemente existe una acumulación y una fragmentación, pero debajo de esa complejidad hay una estructura cuidadosamente construida.

Me interesa precisamente esa contradicción: el caos puede contener un orden y el orden puede contener caos.

Por eso prefiero construir una estructura dentro de la fragmentación sin eliminar su complejidad.

En mi obra conviven lo sagrado y lo profano, lo racional y lo intuitivo, lo figurativo y lo abstracto, lo histórico y lo contemporáneo. Esa convivencia no es solamente una decisión formal; corresponde a mi manera de entender la realidad.

La pintura puede convertirse en un espacio de resistencia frente a nuestra necesidad permanente de clasificar, ordenar y establecer categorías. El cuadro puede mantener abiertas las contradicciones y permitir diferentes lecturas simultáneas.

En ese sentido, entiendo la obra como un sistema abierto de significados, donde cada elemento puede establecer nuevas relaciones con los demás.

Por eso mi pintura no pretende representar literalmente el caos.

Lo transforma en un lenguaje visual capaz de contenerlo y, al mismo tiempo, de revelar el orden oculto que existe dentro de él.

AMM. En su universo aparecen ciudades, columnas, mapas, cuerpos, animales, jardines y antiguas escrituras como vestigios de algo que parece haber existido antes de nosotros. Si pensamos al artista como una especie de arqueólogo de la conciencia, ¿qué está intentando desenterrar usted cuando pinta: la historia, la identidad, el inconsciente o algo que todavía no tiene nombre?

La idea del artista como arqueólogo de la conciencia me resulta especialmente cercana porque siento que pintar también es una forma de excavar. Pero no se trata únicamente de excavar hacia el pasado. Se trata de penetrar en las diferentes capas de la experiencia, de la memoria y de las crónicas que han ido construyendo nuestro mundo contemporáneo.

Excavo con mis pinceles, pero también con diferentes técnicas, materiales y soportes. En ocasiones incorporo elementos matéricos, mezclas, texturas y procedimientos que hacen que la superficie misma de la obra se convierta en una especie de territorio arqueológico.

Las imágenes que aparecen en mi trabajo —ciudades, columnas, mapas, cuerpos, animales, jardines y escrituras— funcionan como vestigios culturales, pero, al mismo tiempo, como símbolos que continúan activos en nuestra conciencia.

Me interesa aquello que permanece, aquello que trasciende.

Una columna puede ser arquitectura, pero también ruina, permanencia, memoria o deseo de trascendencia. Un mapa puede representar un territorio, pero también desplazamiento, identidad, frontera o pertenencia. Los cuerpos, los animales y las escrituras contienen igualmente diferentes estratos de significado.

Cuando comienzo una obra, no siempre sé exactamente qué estoy buscando. El proceso pictórico es para mí una investigación en la que una imagen conduce a otra, una forma genera otra forma y aparecen asociaciones que muchas veces no había previsto.

Me interesa mucho esa espontaneidad y esa libertad creativa. Existe un momento en el que la obra y yo comenzamos a dialogar activamente, y entonces el proceso deja de ser completamente racional.

La pintura también es descubrimiento.

No pinto solamente lo que sé; pinto para descubrir aquello que todavía no sé que pienso.

El cuadro se convierte así en un territorio arqueológico de la conciencia. Cada capa contiene memoria, experiencia, intuición y también un fragmento de historia.

Y quizás eso sea lo que realmente intento desenterrar: no una respuesta definitiva sobre la historia, la identidad o el inconsciente, sino aquello que todavía no tiene nombre.

AMM. Su vida y su trabajo se desarrollan entre Cuba y España, entre América y Europa, y usted mismo se define desde una identidad cubano-hispana. En un mundo marcado cada vez más por migraciones, mestizajes e identidades múltiples, ¿cree que todavía necesitamos pertenecer a un lugar específico para saber quiénes somos, o el verdadero territorio del artista termina siendo aquel que construye dentro de su propia obra?

Mi experiencia entre Cuba y España ha sido fundamental para mi comprensión de la identidad. No la concibo como algo cerrado o definitivo, sino como un proceso permanente de construcción.

La identidad, para mí, es siempre un estado en tránsito.

Mis raíces tienen una importancia fundamental. En ellas están Cuba, su historia, su cultura, su mezcla de tradiciones y ese profundo sincretismo que forma parte de nuestra identidad. Pienso en el concepto de ajiaco cultural de Fernando Ortiz, esa idea de una cultura que se va construyendo a partir de diferentes ingredientes que conviven, se transforman y generan algo nuevo.

Esa concepción del mestizaje está muy presente en mi obra.

Cuba forma parte de mi memoria y de mi imaginario; España forma parte de mi experiencia vital y artística y ha influido profundamente en mi manera de mirar y de construir mi lenguaje.

No necesito elegir entre ambas porque, para mí, forman un binomio inseparable. Existe una relación profunda entre las dos culturas, y esa relación también forma parte de mi identidad.

El espacio entre ambos países es precisamente desde donde construyo mi obra: un territorio de tránsito, intercambio, memoria y mestizaje.

El mestizaje no significa únicamente mezcla cultural. Es también una forma de mirar.

Significa aceptar que nuestra identidad está formada por múltiples capas y que esas capas no tienen necesariamente que desaparecer unas dentro de otras.

Podemos mantener nuestras diferencias y, al mismo tiempo, generar algo nuevo.

Por eso creo que el artista no necesita necesariamente un territorio geográfico fijo. Puede construir su propio territorio simbólico.

En mi caso, ese territorio es la pintura.

En ella conviven Cuba y España, América y Europa, memoria e imaginación, tradición y contemporaneidad. Las diferentes culturas, épocas y experiencias dialogan dentro de una misma estructura visual.

Ese diálogo es uno de los motores fundamentales de mi trabajo.

La obra se convierte así en un espacio de pertenencia, pero también de transformación.

El mestizaje es central en mi trabajo porque entiendo la identidad no como una frontera que nos separa, sino como un espacio que se expande.

Y quizás, después de todo, el verdadero territorio del artista no sea aquel donde nació ni aquel donde vive, sino aquel que es capaz de construir con su imaginación.

Mi verdadera geografía está en la pintura: un territorio atemporal y mestizo donde mis raíces pueden encontrarse, confrontarse y transformarse en una nueva realidad.