Teresa Cabello: Fragmentos de fuerza y fragilidad
El arte, ese vasto e inagotable territorio de la expresión humana, tiene sus guardianes silenciosos, aquellos que con sus manos y su espíritu construyen puentes entre lo efímero y lo eterno. Teresa Cabello es, sin duda, una de esas arquitectas de la memoria. Nacida en la vibrante Caracas de 1959, su camino se ha bifurcado en las sendas de la escultura, la pintura y la cerámica, pero todas han conducido a un mismo destino: la búsqueda de la verdad en la fragilidad y la fortaleza.
La dualidad es una de las constantes en su obra. Desde las aulas de Arquitectura hasta su graduación Cum Laude en Artes en el I.U. Armando Reverón, Cabello aprendió a ver el mundo a través de la línea y la forma, pero también del alma. Su arte, en esencia, es un canto a la figura fragmentada. No es un canto de lamento, sino un eco de resistencia, de denuncia, de recuerdo. Cada una de sus piezas no es solo una obra de arte, es un vestigio, una cicatriz que no habla de pérdida, sino de la más pura y radical afirmación de la vida.
Su trayectoria es un mapa de logros, un rastro de su incansable espíritu. Sus huellas se encuentran en el Monumento al Niño Venezolano en Caracas, y su visión se extendió hasta la dirección de la Biennale Wynwood en Miami. Sus obras han viajado por el mundo, desde las ferias más prestigiosas de América, Europa y Asia, como Artexpo NY, Beijing y Shanghái, hasta el corazón cultural de su tierra en la FIA Caracas. Pero más allá de los reconocimientos y las exposiciones, su legado reside en la enseñanza, en la siembra del arte en academias y centros culturales, convencida de que su poder es la única herramienta capaz de forjar ciudadanos libres y conscientes.
En el universo de Teresa Cabello, el arte no es un mero adorno; es un refugio, una verdad desnuda. Es un lenguaje honesto que no teme a la adversidad, sino que la transforma en oportunidad. Su práctica trasciende el simple gesto estético y se convierte en un ejercicio de consciencia. Nos recuerda que la belleza no reside en la perfección pulida, sino en la imperfección, en la grieta. Es allí, en esas fisuras que el mundo nos deja, donde reside la verdadera solidez del espíritu humano. En este mundo frenético que nos invita a la prisa, la obra de Cabello nos ofrece un ancla: la posibilidad de detenernos, de contemplar, y de encontrar en nuestras propias grietas la belleza esencial de nuestra existencia.


