Raquel Munera. Cartografías de la Infancia
Por Milagros Bello, PHD
La obra de Raquel Múnera se configura como un territorio de memoria en suspenso donde la infancia deja de operar como emblema de inocencia para devenir una zona de fricción histórica, afectiva y simbólica. Sus escenas, deliberadamente frontales y despojadas de anécdota, se presentan como imágenes sustraídas al flujo del tiempo: láminas pedagógicas extraídas de archivos escolares o estampas votivas preservadas bajo la lógica del relicario. Esta aparente simplicidad formal —próxima a una estética naïf o primitivista— no remite a la candidez, sino a una economía de reducción consciente. Al depurar la narratividad y contraer el gesto, Múnera concentra la densidad conceptual de la imagen, que opera entonces como dispositivo de condensación crítica antes que como representación.
Las figuras infantiles emergen rígidas, hieráticas, desprovistas de teatralidad psicológica. Sus miradas frontales y posturas estáticas producen un efecto de extrañamiento que neutraliza toda lectura sentimental. No se trata de retratos ni de escenas biográficas, sino de presencias icónicas que funcionan como superficies de inscripción donde confluyen pedagogía, historia natural, pérdida ecológica y desplazamiento cultural. La infancia se instituye así como un dispositivo archivístico: un espacio de conservación y exposición de los remanentes taxonómicos del proyecto moderno —índices clasificados, domesticados o extinguidos por las lógicas del progreso y la racionalidad científica.

En este campo semiótico, la relación entre la niña y los animales adquiere un estatuto estructural. Aves asociadas a imaginarios domésticos o a especies desaparecidas establecen equivalencias simbólicas entre vulnerabilidad, desaparición y precariedad vital. El animal deja de ser acompañamiento narrativo para constituirse en alegoría histórica. Su presencia introduce una temporalidad latente en la que memoria, pérdida y reconstrucción subjetiva coexisten sin dramatización, inscribiendo la catástrofe en el registro de lo cotidiano.
La incorporación de objetos vinculados al saber —globos terráqueos, fragmentos textuales, referencias enciclopédicas, maletas, insignias escolares— activa una reflexión sobre los regímenes taxonómicos que organizan el mundo mediante su clasificación e inventario. Estas cartografías del conocimiento, lejos de expandir la experiencia, la contienen y la normalizan. La imagen asume con frecuencia la lógica museográfica de la vitrina o del espécimen, donde la memoria queda encapsulada, preservada como resto material, convertida en evidencia antes que en vivencia.
Desde el punto de vista formal, Múnera recurre a fondos planos, divisiones cromáticas radicales y fracturas abruptas del campo pictórico que desarticulan toda continuidad espacial. Estas superficies contrastadas —zonas orgánicas enfrentadas a planos oscuros o cósmicos— sitúan al cuerpo en un estado de suspensión perceptiva que introduce un cuestionamiento ontológico del propio estatuto de la imagen. El sujeto no habita el espacio; permanece desfasado respecto de él, suspendido en un hieratismo atemporal que evidencia su condición de desplazamiento.

En conjunto, la práctica de Múnera articula una poética de lo remanente y de la dislocación. Sus obras operan como campos de resonancia donde lo íntimo y lo político se imbrican de manera silenciosa, revelando las huellas persistentes de sistemas mayores —ecológicos, coloniales, culturales— en la memoria colectiva. Cada imagen se manifiesta como una quietud cargada de latencia, una aparente estabilidad atravesada por vibraciones subterráneas donde aún resuena aquello que ha sido desplazado, olvidado o extinguido.
En la tensión entre contención formal y espesor simbólico, la artista formula una reflexión rigurosa sobre la fragilidad de la vida, la construcción histórica del conocimiento y los modos en que la experiencia se sedimenta materialmente en los cuerpos.
Milagros Bello, PhD
Curadora
Enero 2026


