Performance de Joseph Beuys: Crónica del Coyote y el Chamán
En mayo de 1974, un hombre envuelto en fieltro llegó al aeropuerto JFK de Nueva York en camilla. No estaba herido. Joseph Beuys, artista alemán visionario, había orquestado su propia entrada a Estados Unidos como un ritual: sin tocar suelo estadounidense, fue transportado en ambulancia directamente a la galería René Block en SoHo. Allí lo esperaba un coyote salvaje.
Durante tres días, el artista y el animal compartieron un espacio cercado. No hubo jaulas, no hubo domadores, solo la tensión viva entre dos criaturas intentando descifrarse mutuamente.
El Encuentro
El coyote, al principio, era puro nervio y desconfianza. Destrozó mantas, merodeó inquieto, mostró los dientes del animal que representa el espíritu indómito de América. Beuys respondió con paciencia chamánica: cuando el coyote deambulaba, él deambulaba; cuando descansaba, él descansaba. Se envolvía en fieltro dejando solo visible su bastón de pastor. Golpeaba un triángulo y un asistente reproducía el estruendo industrial de turbinas.
Cincuenta ejemplares del Wall Street Journal llegaban diariamente al espacio. El coyote los reconocía a su manera: orinándolos.
Las fotografías capturadas por Caroline Tisdall y Stephen Aiken muestran la evolución: el animal arrancando el fieltro con los dientes, luego acercándose con cautela, finalmente recostado junto a Beuys en la paja, ambos mirando por la ventana como viejos compañeros.
El Símbolo y la Herida
Para Beuys, el fieltro y la grasa no eran materiales arbitrarios. Su mito de origen—real o construido—narraba su rescate tras estrellarse como piloto en Crimea durante la Segunda Guerra Mundial: tártaros locales lo envolvieron en fieltro y lo cubrieron de grasa para mantenerlo vivo. Este renacimiento lo transformó en artista-chamán, convencido de que el arte podía curar a la sociedad.
El coyote tampoco era casual. En las cosmologías de pueblos originarios de Norteamérica, este animal es deidad y tramposo, poder subversivo reducido a amenaza después de la invasión blanca. Durante décadas, rancheros y agencias gubernamentales libraron una guerra despiadada de exterminio contra ellos.
Beuys eligió convivir con lo que América había intentado destruir.
El Título como Eslogan
I Like America and America Likes Me—te gusta, le gustas—evocaba el eslogan publicitario de 7Up. Pero en 1974, con Vietnam desgarrando al país y divisiones raciales abiertas como heridas, esa reciprocidad mutua sonaba a ironía punzante o anhelo desesperado.
El crítico Joseph Dreiss detectó “la siniestra amabilidad con la que América recibe extranjeros en sus costas”. John Russell, del New York Times, escribió que nadie que presenciara ese “peculiar pas de deux” lo olvidaría jamás.
El Ritual sin Tierra
Al concluir, Beuys fue transportado de vuelta al aeropuerto exactamente como llegó: en camilla, envuelto en fieltro, en ambulancia. Sus pies nunca tocaron suelo estadounidense. La única superficie que pisó fue la que compartió con el coyote.
Cuando Beuys visitó Nueva York en esa década, rebautizó las torres gemelas del World Trade Center como Cosmas y Damián, santos griegos que supuestamente trasplantaban extremidades negras en pacientes blancos y extremidades blancas en pacientes negros. Gestos simbólicos, poderosos, imposibles fuera del arte.
El Arte como Escultura Social
“El arte hace posible la vida”, declaró Beuys. “Todo hombre es un artista”. Acuñó el término “escultura social” para describir un arte participativo donde cualquiera pudiera involucrarse—un gesamtkunstwerk colectivo. Rechazaba el puro conceptualismo de Duchamp; quería que el arte transformara, sanara, reconciliara.
Sus “acciones” anteriores ya habían demostrado esta filosofía absurda y profunda. En Cómo Explicar Pinturas a una Liebre Muerta (1965), cubrió su rostro con miel y pan de oro y susurró al cadáver del animal durante horas. Los críticos quedaron perplejos. Hoy, esas imágenes siguen siendo inquietantemente memorables.
Herencia y Resonancias
Cuando René Block cerró su galería de Berlín cinco años después, fragmentos del espacio fueron enviados a Nueva York junto con restos de la performance: el bastón de Beuys, su sombrero de fieltro, mechones de cabello suyo y del coyote. La pieza resultante, Aus Berlin: Neues vom Kojoten, hoy pertenece a la Fundación Dia Art.
La obra vive también en lugares inesperados: la banda inglesa The 1975 incluyó una canción titulada “I Like America and America Likes Me” en su álbum de 2018 A Brief Inquiry into Online Relationships.
La Pregunta que Permanece
¿Qué podemos aprender de un hombre que se encerró con un animal salvaje, rechazando la dominación a favor de la coexistencia paciente?
En 2014, Ferguson ardió. En 2015, Baltimore estalló tras el asesinato de Freddie Gray. La división entre comunidades afroamericanas y policías militarizados expuso lo que Beuys ya sabía: el miedo a la diferencia destruye sociedades. Solo el esfuerzo deliberado por sanar—pasar tiempo juntos, reconocerse mutuamente—puede erradicar estereotipos.
Estados Unidos en 2024 permanece fragmentado. Las palabras de Russell resuenan: Beuys era “como mínimo, una valiosa absurdidad en un mundo encerrado en el statu quo”.
Cincuenta años después, esa absurdidad parece más valiosa que nunca. En un mundo de muros y divisiones, el coyote y el chamán nos recuerdan que la reconciliación comienza con un gesto simple y radical: compartir el mismo suelo, respirar el mismo aire, atreverse a permanecer juntos hasta que el miedo se transforme en algo parecido a la aceptación.
El coyote eventualmente dejó de desgarrar las mantas. Beuys no necesitó alzar la voz. La curación, cuando llega, llega en silencio.







