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Tuesday, March 31, 2026
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Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo

Edison Pe
Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo

Edison Peñafiel: Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo

Edison Peñafiel

Ensayo curatorial — Sophie Bonet

( 1072 )

Hay obras que no se dejan ver de inmediato. No porque escondan algo, sino porque reclaman tiempo y presencia. Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo pertenece a ese tipo de experiencias: no se ofrece como una imagen cerrada ni como un relato lineal, sino como un espacio que se activa a través del cuerpo. Siete cortinas monumentales suspendidas en el centro de la galería configuran un territorio poroso y atravesable, donde la percepción se construye caminando.

Desde el primer encuentro, la obra rehúye una lectura frontal. No hay un solo lugar desde el cual pueda apreciarse por completo. A medida que el espectador rodea y cruza las cortinas, las imágenes se superponen y se interrumpen. Mirar implica moverse. Ver implica decidir desde dónde mirar. La experiencia no es inmediata ni transparente; es progresiva, parcial, corporal.

Esta forma de relación sitúa la instalación dentro de una comprensión fenomenológica de la percepción, en la que el acto de ver no se separa del estar [1]. Aquí, la percepción no es pasiva ni distanciada: se negocia. Se ajusta al ritmo del cuerpo, al gesto de avanzar, detenerse, volver atrás. La obra no recompensa la rapidez ni la certeza; propone, en cambio, una forma de atención sostenida.

Edison Peñafiel
Edison Peñafiel, Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo VI, 2021.
Técnica mixta: pintura acrílica para muro sobre lienzo, tela y transfer textil. 168 x 119 in.
Cortesía del artista.

A lo largo de las cortinas aparecen dos campos cromáticos que se repiten. En uno, dominado por el amarillo, las figuras descansan. Los cuerpos parecen suspendidos en un espacio luminoso, abierto y contenido. En el reverso, pintado de azul, las figuras se muestran de espaldas, caminando hacia un horizonte que no se alcanza a ver. No hay inicio ni desenlace. Lo que se articula es una condición: la del movimiento constante interrumpido por la pausa.

La migración se inscribe aquí no como un evento puntual ni como un trayecto geográfico específico, sino como una experiencia corporal que se repite. Caminar, detenerse, continuar. El movimiento no conduce necesariamente a un destino; se convierte en una forma de habitar el tiempo. La pausa —ese momento amarillo— no es el final del recorrido, sino un umbral: un descanso necesario antes de volver a cargar el peso y seguir.

El tiempo, en esta obra, no es lineal. Peñafiel lo concibe como una espiral: los gestos regresan, las imágenes reaparecen, las historias se repliegan sobre sí mismas. Las figuras reaparecen a lo largo de las cortinas, desplazándose sutilmente de una escena a otra y despojadas deliberadamente de rasgos individuales. Enmascaradas y anónimas, resisten la individuación. En lugar de representar sujetos concretos o narrar experiencias específicas, funcionan como presencias: cuerpos que contienen condiciones vividas. Este anonimato no borra la experiencia; la protege. Evita que la mirada consuma a las figuras como imágenes de sufrimiento o desplazamiento, y abre un espacio para el reconocimiento sin apropiación [2].

En este desplazamiento ocurre algo clave: el acto de atestiguar ya no pertenece a las figuras, sino a quien recorre la obra. Las figuras no hablan ni explican. Permanecen. Es el espectador quien, al moverse, se convierte en testigo. La experiencia se vuelve duracional, sostenida por la atención y no por la acumulación de información.

Esta cualidad temporal se ve reforzada por una dimensión sonora sutil que atraviesa el espacio. El sonido no acompaña ni ilustra la instalación: la dilata. Se trata de una deconstrucción casi imperceptible de No soy de aquí, ni soy de allá de Facundo Cabral [4], compuesta por acordes elongados y persistentes que parecen ralentizar el paso del tiempo, como si el presente se estirara. A momentos, emergen sonidos mínimos —el roce de plantas al moverse, pájaros lejanos— apenas audibles, más intuidos que reconocidos. El sonido opera en el umbral de la percepción: no se impone, no se anuncia. Se filtra. Se siente antes de escucharse, situando al cuerpo dentro de un ritmo suspendido que acompaña la lentitud, la pausa y la atención que la obra exige.

La elección de la cortina como estructura principal no es casual. Las cortinas forman parte del universo doméstico: regulan la luz, separan sin cerrar, marcan umbrales entre lo íntimo y lo público. Son objetos que filtran más de lo que delimitan. En esta instalación, operan como dispositivos de conocimiento. No revelan todo a la vez. Exigen desplazamiento. Para ver, hay que cruzar, rodear e insistir. El sentido no se obtiene desde afuera, sino desde la experiencia [3].

La escala intensifica esta relación. Con más de tres metros de altura, las cortinas superan la proporción del cuerpo humano y envuelven al espectador. No se trata de una monumentalidad heroica o conmemorativa. Es una arquitectura de iniciación: una estructura que modifica la percepción y transforma el espacio en una experiencia sensible.

Edison Peñafiel
Edison Peñafiel, Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo TBD, 2021.
Técnica mixta: pintura acrílica para muro sobre lienzo, tela y transfer textil. 168 x 119 in.
Cortesía del artista.

El color opera aquí como una condición atmosférica y existencial, más que como un código simbólico cerrado. El amarillo y el azul no nombran estados fijos ni emociones unívocas; modifican la forma en que el espacio y el tiempo se experimentan desde el cuerpo. El título de la obra proviene de un fragmento del monólogo que Facundo Cabral solía recitar antes de interpretar la canción No soy de aquí, ni soy de allá (1971): Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo— no alude a un mundo que se transforma, sino a una manera de habitarlo [4]. En la letra, el color emerge como una postura vital: una forma de mirar que no niega la intemperie, sino que la asume. Cargar el sol implica llevar consigo el peso de la experiencia, de la memoria y del cansancio, sin por ello renunciar al movimiento.

Los materiales refuerzan esta dimensión íntima. Lienzo crudo, telas y pintura mural remiten a lo cotidiano y a lo doméstico, alejándose de la espectacularidad. Los lirios aplicados sobre las cortinas introducen un registro afectivo más silencioso. Para el artista, este motivo tiene una resonancia personal: Azucena, el nombre de su madre, significa lirio, y “Lili” era su apodo familiar [5]. Esta referencia no se enuncia; permanece inscrita en la materialidad misma de la obra, como una memoria que no necesita explicación.

Desde una mirada antropológica, Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo se ocupa de cómo los cuerpos habitan la transición. Privilegia la experiencia sobre el relato, la presencia sobre la representación. Lo que la obra ofrece es una invitación: a cruzar y volver a cruzar, a moverse con lentitud, a detenerse, a mirar de nuevo. El sentido no emerge a través de la declaración, sino a través del estar.

Notas

[1] Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, trad. Jem Cabanes (Barcelona: Península, 2000).
[2] Edison Peñafiel, conversación con Sophie Bonet, curadora, Miami, 2025.
[3] Gaston Bachelard, La poética del espacio, trad. Ernestina de Champourcín (México: Fondo de Cultura Económica, 1994).
[4] Facundo Cabral, “No soy de aquí, ni soy de allá,” letra de canción, 1971.

[5] Edison Peñafiel, conversación con Sophie Bonet, curadora, Miami, 2025.

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