La curaduría y el ego individual

La curaduría y el ego individual

Hoy en día, la profesión de curador de arte requiere educación universitaria. En Miami, hay curadores que iniciaron como promotores de artistas en exposiciones colectivas o colaboradores en montajes museográficos. Dirigí la galería Hernan Gamboa por más de seis años, recordándole a los visitantes que era un galerista y no un curador, siendo mi manera de respetar la importancia de ese cargo en el campo de las artes.

El ego es muy importante para interactuar con el mudo físico, pero debemos cuidar que no se nos suba a la cabeza, pasando una impresión de superioridad al resto de las personas de nuestro círculo. Desde el punto de vista que desarrollé en mis años de experiencia, la razón de que una persona se sienta superior a los demás, es porque en su interior no se siente importante. Hay una especie de baja autoestima que se contradice con la noción de que todos somos iguales, seres humanos con las mismas necesidades. Para ponerlo más claro: “todos tenemos intestinos”.

Solemos atribuir superioridad, erróneamente, a tener una fortuna acumulada, un título universitario o haber construido una vocación a la genialidad. Conversé una vez con un desconocido que recogía latas en Caracas y mi encuentro con él marcó mi vida. Me dijo que su casa era la más grande: su casa era la ciudad y entendí que él era libre. Él tenía un amplio bagaje conocimientos culturales y científicos. Le pregunté cómo sabía tantas cosas, y respondió que una vez que estuvo en la cárcel, metafóricamente, se comió toda la biblioteca. En otro momento, viví en la India, donde interactué con muchos vendedores informales y mendigos. Todas esas personas me reafirmaron la idea expresada al inicio del párrafo: lo importante es quién realmente se es para conquistar una riqueza espiritual que refleje nuestra humildad y paz interna.

Todos somos dictadores

Mi obra fue incluida en la exposición colectiva de la galería en la ciudad de Medley, Miami Dade, organizada por una excelente curadora de arte que respeto y admiro. El miércoles, luego de que la exposición estaba montada, M, “director de la galería”, expresó que no le gustaba mi pieza, que la selección podía prescindir de ella y que, en caso de no ser obedecido, él mismo la quitaría. Su ego inflado mostró que se le subió el cargo a la cabeza. Al día siguiente, durante una reunión en el Pérez Art Museum Miami, le comenté lo sucedido a uno de los curadores. Él me dijo que la afirmación de M no era una actitud ética ni profesional, y más tarde confirmé la misma cuestión con un curador cubano que concordó con su homólogo del PAMM. 

Debemos recordar “La fuente” de Marcel Duchamp (1917): un urinario de porcelana firmado con un seudónimo, que cuestionó la definición misma de arte y provocó un escándalo en el mundo artístico. “Comedian” de Maurizio Cattelan (2019): una banana pegada con cinta adhesiva a la pared, vendida por 120.000 dólares, que generó un debate global sobre el valor del arte conceptual y la mercantilización de la cultura. 

Entiendo que mi propuesta podría pasar desapercibida debido a que se trata de un cubo minimalista, muy sencillo visualmente, sin embargo, su comprensión exige el desarrollo de una sensibilidad suficiente para ver que el arte surge de subjetividades, y que mi producción, bajo el movimiento del arte conceptual, da una mayor relevancia a las ideas que a la materialidad última. De tal manera, la definición de arte permanece en constante cambio debido a las tensiones y los conflictos entre voces subversivas e imposiciones hegemónicas, que atraviesan instituciones públicas y privadas, esferas de lo consagrado y lo innovador.  

Las decisiones curatoriales rígidas, excluyentes e intolerantes, dirigidas como ataques personales a artistas que participan en los circuitos culturales, solo demuestran una dificultad para controlar las llamas del ego y nos acercan más al ejercicio autoritario que prevaleció en épocas de dictadura. En este sentido, tomé la decisión de hacer un statement con respecto a lo sucedido. Me presenté en la inauguración de la exposición colectiva con un adhesivo blanco sobre mi boca, simbolizando que estoy siendo restringido de mostrar mi creación, de expresarme libremente a pesar de reunir todas las exigencias que me identifican como artista y autor de un trabajo auténticamente artístico. Durante la experiencia de performance, me di cuenta de lo difícil que es respirar con una mordaza; imaginaba las horas que una víctima de censura tuvo que soportar, expuesta a la soledad, al aislamiento y represión por parte de sus censores.      

La privación de la libertad artística tiene muchas formas y ha prevalecido históricamente para justificar tradiciones y convenciones que sostuvieron el poder de las grandes instituciones del arte. Mientras unos artistas respetan las líneas marcadas, agradan al público siguiendo estrategias de marketing y tendencias de especialistas, otros creadores, con los cuales me identifico, hemos escogido buscar agua en el desierto con ayuda de una vara, salir de la zona de confort para encontrar nuevas fuentes de inspiración. No sería un autor de cubos, de formas geométricas, sin las inúmeras revueltas de los referentes que me antecedieron y que hoy me influyen, permitiéndome, además, profundizar en el significado de las rupturas que llevan el concepto de arte hacia una miríada de caminos inexplorados. 

En su artículo “Mundos artísticos y tipos sociales”, el sociólogo estadounidense Howard Becker (1977) describe a los artistas como grandes inconformistas que buscan hacer parte del arte convencional para después expandir sus fronteras y redefinir las reglas. De acuerdo con ese orden de ideas, es posible pertenecer al arte formal y, al mismo tiempo, entender que las convenciones rígidas limitan la creatividad, mostrándonos los peligros de la conformidad al intentar convencer a todo el mundo, menos a nosotros mismos.

Una consagración forjada por medio del mímesis, de la imitación fiel de lenguajes y técnicas de otros artistas, sin la debida meditación sobre lo que se está produciendo y los efectos que la obra está causando, es una consagración que desconoce la superación de conceptos culturalmente construidos hacia una edificación de lo auténtico. En tal sentido, una vez que la obra está en sala expositiva, asumiendo el aura sagrada que otorga la institución, ella causaría repulsión o agrado en los espectadores, pero nunca indiferencia. 

Este asunto tiene grandes implicaciones estéticas, simbólicas, culturales y sociales que interfieren con las intenciones económicas de algunos grupos que ven las obras de arte apenas como meras mercancías sin valores que trascienden la lógica del intercambio. Quien trabajó e investigó en el área de las artes bien sabe que el reconocimiento artístico y la autenticidad no son antagónicos ni hacen parte de una narrativa utópica. En fin, que sea el público quien juzgue el trabajo del artista, una vez que este ha sido seleccionado y mantiene un lugar entre las producciones de sus pares, siendo que tal curaduría ha sido un compromiso formalizado entre organizadores de un evento y la comunidad local de artistas.

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